martes, 21 de agosto de 2007


b) Orestes asesinando a Egisto y Clitemnestra, de Bernardino Mei ( 1654)

“Quien hace mal, mal recibe; ésta es una de las verdades más antiguas”
-Esquilo.



Al igual que en la obra analizada más arriba, podemos apreciar al momento en que Orestes velará para siempre los ojos de su madre. No obstante, Mei ha introducido nuevos personajes: apreciamos el cadáver de Egisto bajo el atrida y un par de ancianos al fondo del conjunto.

Lo primero que salta a la vista corresponde a la imagen de Orestes: éste, como ya dijimos, se sube sobre el cuerpo de Egisto para dar muerte a Clitemnestra. Se hace patente en la figura del protagonista lo antes señalado por Hauser: es ésta de un gran tamaño, lo cual no sólo nos remite a la importancia que éste tiene dentro del conjunto, sino que también genera la percepción de profundidad en relación al par de ancianos del fondo, lográndose así el afán de dinamismo.

Siempre dentro del análisis de la figura del atrida, destaca la vestimenta que éste lleva. Tal como se ve, son sus ropas muy llamativas, lo cual contrasta con los macilentos cuerpos de los ajusticiados y el grisáceo color de los provectos hombres del fondo.

Otro signo evidente corresponde a la musculatura extremada de Orestes: sus anchas espaldas y su talle fornido se marcan nítidamente en sus ropas ajustadas; sus piernas y brazos parecen tomados de un libro de anatomía. Esto, como bien sabemos, constituye una clara manifestación de la influencia del arte del período helenístico.

Pasemos ahora al análisis de la actitud del hijo de Agamenón. Ya dijimos que se ha subido sobre el asesino de su padre, reduciéndolo a la condición de cosa, humillándolo quizá en sus postreros y agónicos momentos; la espada se eleva firme, dispuesta a caer sobre el pecho de Clitemnestra; con su otra mano, Orestes coge de una trenza la cabeza de su madre, para que ésta no pueda escapar. Lo hace con tal fuerza, que esta cae y debe apoyarse en el suelo. Todo lo anterior, si se quiere, constituye signos de suma seguridad. ¿Por qué entonces nuestro héroe cierra los ojos? Sin duda, porque el acto que está por cometer es demasiado terrible: para vengar a su madre, debe ajusticiar a su madre, que lo mira con ojos de espanto. Para convertirse en matricida, debe negar la realidad exterior, como Edipo, y buscar la verdad, al dios que marca su destino, en su interior.

Otro elemento presente en la obra digno de ser considerado constituye el cadáver de Egisto. El que vio escondido tras unas cortinas cómo su padre devoraba sin saberlo a sus propios hermanos, yace con la cabeza caída fuera del lecho, sangrando abundantemente por la boca, tanto, que una poza de sangre se ha formado bajo él. En su nuca, es posible también notar la presencia de sangre. Por lo tanto, fue herido por la espalda. Acaso Bernardino Mei quiso decirnos con ello que Orestes no tuvo ninguna consideración para con el asesino de su padre, sino que lo mató por la espalda, como quien se deshace de una bestia. Agamenón también murió traicionado por la espalda. Otro signo interesante: las sombras nos impiden apreciar los ojos sin vida del hijo de Tiestes, lo cual podría constituir otra alusión al mundo griego, esta vez a Homero, quien frecuentemente simbolizaba la muerte de los héroes en combate con las sombras que velaban los ojos.

Clitemenstra, por su parte, como ya se dijo anteriormente, expresa en su actitud un profundo horror, para el cual podemos dar al menos dos causas: la muerte y, sobre todo, el hecho de que su justiciero sea su propio hijo. Con su mano, agarra fuertemente a Orestes, como si lo remeciese intentándolo hacer entrar en razón.

Además, su pecho se encuentra descubierto, lo cual constituye otra alusión al mundo griego, esta vez al arte clásico, en donde aparece el desnudo femenino como nuevo signo de belleza.

Pese al elemento clásico señalado anteriormente, lo cierto es que prima en toda la obra la influencia helenística, puesto que es posible apreciar una supremacía del color por sobre la forma ( sobre todo en la figura de los ancianos, quienes se ven envueltos en cierta nubosidad). Además, domina el conjunto el pathos de Nietzsche: el horror de Clitemnestra, la actitud de dolor y derrota de Egisto, la presencia de los ancianos espectadores ( recordemos que la vejez era un tema helenístico), son algunos signos que nos remiten al arte griego que se dio entre los siglos III y I a. C.

En otro ámbito, algo muy interesante de la obra es que ésta pareciera invitarnos a asumir, además de la percepción principal que nos muestra de frente a Orestes, otras perspectivas, con lo cual se hace patente la concepción de mundo fragmentada y relativizada de la cual hablaba Arnold Hauser.

Finalmente, otro elemento del cual nos habla el esteta húngaro que se halla presente en la obra corresponde a la infinitud que parecen comunicar las tinieblas presentes: puede decirse que las sombras nacen en la esquina superior izquierda de la pintura y se prolongan diagonalmente hacia la esquina inferior derecha, con lo cual establecen una suerte de línea divisoria entre Orestes y los asesinos de su padre. Esto, si se quiere, pareciera no sólo aumentar el dramatismo al diferenciar claramente las fuerzas en pugna, sino que también abren un espacio insondable lleno de sombras al interior de la pintura.

1 comentario:

Cristian Mancilla Mardel dijo...

Se trata de una pintura valorable, sin duda. Y tus observaciones la enriquecen aún más.
¿Y qué hace la pareja de ancianos con sus brazos alzados tras de Orestes? No lo alcanzo a divisar bien y parece un signo algo obscuro para mí.
Por otra parte, aquel Orestes con los ojos cerrados tiene, también, un rostro excepcionalmente sereno: pareciera que un espíritu lo posee y obra en su lugar.